Juan Francisco Amancio González y Escobar

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Nombre de nacimiento Juan Francisco Amancio González y Escobar
Nacimiento
Nacionalidad Paraguayo
Área Sacerdote
Educación Licenciado

Responsable de la conquista espiritual y civilización cristiana en el Chaco.

Tabla de contenidos

[editar] Infancia y juventud

Su ascendencia fue de limpio linaje, hijo del capitán, don Francisco González Duran y de doña Josefa Antonia de Escobar y Gutiérrez.

Sus estudios religiosos los hizo en Asunción, llegando a obtener el título de licenciado. Autodidacta en su formación intelectual, ésta le permitió merecer el cargo de Fiscal Eclesiástico y Examinador Sinodal.

De profunda versación en derecho romano y canónico, orador elocuente y temperamento aventurero.


[editar] Trayectoria

El padre Amancio González, cura propio del Pueblo de los pardos libres de Emboscada, fue el fundador de la Reducción de Melodía o Paraíso de Melodía, ubicada en la extinta Colonia Nueva Burdeos en los tiempos de Carlos Antonio López, posteriormente llamada Villa Occidental y actual Villa Hayes, capital del departamento de Boquerón en el Chaco paraguayo.

La denominación de Melodía fue escogida en homenaje al gobernador Pedro Melo de Portugal, con el propósito de ganar su apoyo para la consolidación del proyecto evangélico de someter espiritualmente a las "naciones de indios vagantes".

Amancio González ejercía como cura de Emboscada desde su ordenación en 1761. Durante los veinticinco años de ministerio sufrió con sus comarcanos y vecinos, el asedio constante de los indígenas del Chaco que hostilizaban el territorio, robando, matando y tomando cautivos a los pobladores.

Creía, según expresa el mismo en su "Diario" "insuficientes las guardias asentadas en los presidios (fuertes) de la costa del río por carecer de recursos para impedir los pillajes".

Consideraba de suma urgencia establecer una población estable desde donde pudiera seducir a los infieles y conquistarlos a la fe. "Vivir entre ellos, ganar de alguna manera su confianza, e incorporarlos a la vida civilizada".

La citada reducción fue establecida en 1786 gracias a la ayuda de particulares y a los propios recursos del sacerdote, con crecidos gastos de su patrimonio.

El Cabildo de Asunción halló conveniente la instalación de la Reducción "en la otra banda del Río, costa arriba, en la parte norte del río Confuso". Pese a las recomendaciones favorables, la ayuda del gobierno colonial fue exigua, limitándose a la remisión de 25 caballos como aporte oficial a la tarea de sujeción y conversión de los indios.

Era de vital importancia que siguiera subsistiendo la población y no faltaran alimentos "para que los indios no volvieran a sus tolderías a unirse con otras naciones", sin embargo, las propuestas del Gobernador para destinar al efecto algún ramo permanente no tuvieron autorización del Virrey.

El padre González partió de Emboscada en dos canoas cargadas de herramientas y bastimento, con veinte hombres y la compañía constante del padre Hermenegildo Rosas. En las cercanías del Peñón ingresó al río Confuso y en un lugar cercano a los cerros, determinó el lugar donde levantar la pequeña fortaleza. En la cumbre más elevada plantó una cruz, símbolo de su compromiso misionero.

Este hecho que parecía sin trascendencia significó la marca de los derechos territoriales del Paraguay que posteriormente servirían admirablemente al abogado de nuestra defensa, D. Benjamín Aceval, para asegurar la victoria del Laudo Hayes.

Establecida la estancia, el Gobernador cedió por fin seis soldados semaneros del Presidio del Peñón y un cañón con cuatro cargas de pólvora y metralla; y también 100 balas de plomo. Muy a pesar del misionero, los soldados llegaban desprovistos de víveres, pasando a consumir vorazmente las cortas reservas de reses de la administración.

Igual ocurría cuando al Gobernador realizaba alguna que otra visita oficial; lo hacía con una fuerte escolta y toda su comitiva. A su arribo hacían uso liberal de los recursos de la Reducción, incluyendo caballos y alimentos. El afligido presbítero no hallaba provecho alguno en tales "ayudas oficiales".

En diciembre de 1788, recibió un aliento de esperanza al serle comunicada la aprobación real por la que el Monarca alababa su empresa. No pasó de una efímera alegría, pues el apoyo material no llegó a lo largo de la épica justa civilizadora.

El acercamiento de los indígenas se fue dando dentro de una relación marcada por recelos y desconfianzas, que gradualmente fue cediendo en intensidad.

A pesar del trato amistoso y los obsequios, con los años, los indios tobas y los machicuis se volvieron osados, procediendo al robo de caballos y vacas y manteniendo a la población en un acoso perenne y hostil.

En la medida en que se fueron asentando en las cercanías los primeros estancieros blancos, se hicieron más activas las incursiones de los lenguas, tobas, machicuis, pitilagas y enimagas, atraídos por la posibilidad de proveerse de carne, robando vacas, y apropiándose de caballos, a los que descubrieron su gran utilidad.

Durante el proceso de reducción, el padre Amancio, no cejó en su empeño de lograr la amistad de los nativos, sin dejar por eso de calificarlos como pérfidos, mentirosos, traidores y codiciosos. Refiere al respecto monseñor Agustín Blujaki, gran conocedor de las hazañas del misionero: "Frente a tan difíciles parroquianos, en vez de disminuir las bondades del buen Padre, se acrecientan día a día".

Llegaban de las estancias vecinas a Emboscada y de otras regiones más alejadas, algunas partidas de reses destinadas al sustento de los pobladores de Melodía.

Pero las condiciones de inseguridad permanente hicieron que el futuro de la Reducción de viera comprometido, considerando la ineficacia de las tropas enviadas por el gobierno para sujetar a los aborígenes.

"La continua ladronada que se experimenta cada día, cada semana, cada mes, cada momento. No hay nada seguro. Todo se roba, la ropa, el recado, las herramientas, los cuchillos, los lazos, el bastimento. Solamente mi tintero no han robado", en estos términos expresaba su desilusión, el sacrificado evangelizador, fatigado y ya entrado en años.

Los díscolos indios habían montado un estrecho cerco de pequeños grupos familiares cuya única finalidad era mantener vigilia sobre potreros y aguadas, de los que podían arrear con facilidad el ganado. Parecían irreductibles en su afán de robo.

En medio a los quebrantos propios de la administración, el padre Amancio recibía la fastidiosa y constante presión del Gobernador para prestar auxilio a las comisiones oficiales que entraban a descubrir el Chaco hacia las costas del Pilcomayo para lo que era apremiado a ceder hombres, caballos y ganado.

Las querellas intertribales y la inoportuna alianza del Gobernador con los indios payaguá, a quienes encomendó la custodia de las costas del Chaco, llevaron al registro de graves matanzas que hicieron insoportable la existencia de la castigada población.


[editar] Últimos años

Veinte años después del primer cruce del río, el desengañado y anciano sacerdote resolvió claudicar. Volvió a Emboscada y antes de su desembarco en Arecutacuá, dirigió su vista hacia el Chaco donde viviera tantos años de desvelos. Era el fin de un sueño desvanecido.

Su vida se extinguió poco después en el pueblo que lo vio nacer.

[editar] Homenaje

En agosto de 1904, el cura Fidel Maíz propuso levantar un monumento en homenaje al presbítero Amancio González.

La Junta Municipal de Emboscada cumplió la solicitud y erigió en la Plaza de la Iglesia una muralla con una efigie de bronce que dice:

"Al Pbro. Amancio González y Escobar, ilustre misionero, gran paraguayo. Cura perpetuo de Emboscada".

Una conocida arteria del barrio Vista Alegre de Asunción lleva su nombre.

[editar] Referencias

  • Un gran paraguayo. Presbítero Francisco Amancio
  • Cien vidas paraguayas. Carlos Zubizarreta.
  • González y Escobar. Monseñor Agustín Blujaki
  • Archivo Nacional de Asunción. Diversos.
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